Por Jesús Ortega Martínez
—¡Se lo aseguro, magistrado! ¡Créame, pues a fuerza de conocer a la gente, eso es lo que sucederá!
—¡No le creo, Otto! yo también me precio de conocer a las personas y le aseguro que habrá fuertes reacciones de indignación ante lo sucedido. ¡Es que algo tan brutal, tan salvaje, no puede pasar desapercibido; algo tan irracional hará que muchas personas se vean obligadas a indignarse! Y ya verá usted la reacción de mucha gente en cuanto tengan conocimiento de esta barbarie; verá usted a los propios vecinos —no importa su religión— saliendo a la calle a mostrar su enojo, su rabia que será incontenible por tal acto de bestialidad.
—¡Eran sólo unos niños indefensos; apenas se abrían a la vida!
—¡Pues, aun así, serán unos pocos, muy pocos, ya lo verá, y eso si es que muchos logran darse cuenta de tal atrocidad!
—Pero cómo no se van a dar cuenta, Otto, si a las niñas las han apaleado hasta hacerlas morir; se desangraron sin que nadie les prestara ayuda, y sin que nadie gritara un ¡basta ya! a los agresores; tan niños éstos, como las niñas y los niños agredidos.
—Pero si lo han hecho ante cientos de quienes nos encontrábamos ahí reunidos, observando pasmados la tragedia humana; fue ante nuestros propios ojos. Yo también estaba y no grité; yo veía —paralizado— la angustia, el miedo reflejado en la mirada abatida de la más pequeña, de la niña de los ojos claros y el pelo recogido con un moño que, de ser blanco, se tiñó de rojo sangre y de pardo lodo.
—Cierto, ahí estábamos hombres y mujeres que en la mañana salimos de nuestra casa para ir a la fábrica, a la escuela, a comprar pan, a caminar en la calle, a limpiar los cristales, a rezar a la iglesia, y es entonces que pudimos ver cómo esos jóvenes uniformados, casi niños, madero en mano, destrozaban cristales de comercios como igual abrían cráneos; golpeaban ancianos como sacudían de lado a lado las cabezas de los más niños. Cierto, ahí estuvimos y no gritamos; ahí estuvimos y no protestamos; ahí estuvimos y no expresamos nuestra indignación; ahí estuvimos y sólo observamos la saña que brotaba como baba de las deformadas caras de los jóvenes —casi niños— con el uniforme gris y pendiendo de la camisa el emblema rojo y negro de la esvástica”.
Este espantoso relato lo leí hace muchos años —apenas me alcanza la memoria para recordar el título del texto— y trata de la complicidad o indiferencia de una parte de la población alemana ante los pogrom de los nazis en Núremberg.
Esto viene a colación debido a esa terrible indiferencia del conjunto de la población en el mundo actual y especialmente en México ante la imparable violencia que ha ocasionado millones de víctimas, y entre ellas decenas y decenas de miles de personas asesinadas. Ceguera moral, la llaman Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis, y la identifican con el tipo “de ceguera moral que define nuestras sociedades a partir del concepto de “adiáfora”. La adiáfora implica una actitud de indiferencia a lo que acontece en el mundo, un entumecimiento moral. En una vida cuyos ritmos están dictados por guerras de audiencias e ingresos de taquilla, donde la gente está absorta en las últimas tendencias en aparatos tecnológicos y formas de cotilleo; en nuestra “vida apresurada” en la cual rara vez hay tiempo para detenernos y prestar atención a temas de importancia, corremos el grave riesgo de perder nuestra sensibilidad ante los problemas de los demás. Sólo las celebridades y las estrellas mediáticas pueden esperar ser tenidas en cuenta en una sociedad extenuada por la información sensacionalista y sin valor. […] “La nuestra es una era de temor. Cultivamos una cultura del temor progresivamente más poderosa y global. Nuestra era exhibicionista, con su fijación en el sensacionalismo barato, los escándalos políticos, los reality shows televisivos y otras formas de autoexposición a cambio de fama y atención pública, aprecia el pánico moral y los escenarios apocalípticos en un grado incomparablemente mayor a los planteamientos equilibrados, la leve ironía o la modestia”.
¿Cuántas personas son asesinadas día tras día, hora tras hora en cualquier poblado, comunidad, ciudad y metrópoli de nuestro país?, y la atención la tienen las estrellas de la frivolidad que hacen los conductores sobresalientes de los grandes medios de comunicación. Información Excelsior.com.mx